El falso dilema: ¿Predicar con palabras o con la vida?

A menudo nos encontramos con una polarización dentro de la iglesia. Por un lado, están quienes predican fuertemente pero su vida personal deja mucho que desear (como los fariseos de la época de Jesús). Por el otro, están quienes afirman que «solo quieren vivir el Evangelio y no predicar», creyendo que su buen testimonio es suficiente. Sin embargo, esta separación es un grave error.

Testimonio y predicación no compiten; se complementan integralmente. Un buen testimonio le da fuerza, autoridad y credibilidad a la predicación. Si alguien predica con un mal testimonio, nadie le creerá. Pero si alguien tiene una vida ejemplar y se queda callado, ¿cómo sabrá el mundo por qué vive así? La meta cristiana es reflejar la plenitud de Cristo, quien enseñaba con autoridad y vivía con integridad perfecta.

¿Cómo logramos esto? El apóstol Pablo en 2 Corintios 3:18 nos da la clave: «contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria».

Nuestro punto de fijación debe ser Jesucristo. A veces cometemos el error de idolatrar a predicadores humanos o tratar de emular a grandes personajes bíblicos como Moisés, David o Elías. Pero debemos recordar que el autor de Hebreos nos enseña que todos ellos eran solo «sombras» o referencias temporales. Jesús es mayor que Moisés, mayor que el templo y mayor que los profetas. Todos estos grandes hombres del Antiguo Testamento solo mostraban fragmentos del carácter divino. Su función era apuntar hacia el que había de venir. Si queremos ser transformados a la imagen correcta, no podemos conformarnos con mirar las sombras; debemos clavar nuestros ojos directamente en Jesús, la gloria del Dios incorruptible.

Fuente y Estudio: Esta es una porción del estudio completo. Puedes ver la enseñanza original de 1 hora aquí: https://youtu.be/YO-EE69LEPU