Convirtiéndonos en defensores: Intercediendo por el que cae

Es un alivio inmenso saber que tenemos a Jesucristo como nuestro defensor personal cuando pecamos. Pero la carta de 1 Juan nos lleva un paso más allá en nuestra madurez espiritual: ¿Qué hacemos cuando somos nosotros quienes vemos a un hermano fallar, tropezar o enredarse en un ciclo destructivo?

A menudo, nuestra reacción natural es el juicio o el desespero. Vemos cómo otras personas caen presas de las mentiras del enemigo, aislándose y rechazando la ayuda bajo la carga de la culpa. Es frustrante intentar aconsejar a alguien que parece sordo a las verdades del evangelio. Sin embargo, 1 Juan 5 nos ofrece un recurso superior y una esperanza profunda: la oración intercesora.

El texto nos dice que si vemos a un hermano cometer un pecado, podemos pedir a Dios, y Él le dará vida. Esto es un testimonio impresionante del poder de la gracia compartida. Dios no solo nos salva individualmente, sino que nos da la capacidad y la confianza para acercarnos a su trono en favor de otros. Si amamos a Dios y a nuestros hermanos, no nos quedaremos pasivos viéndoles alejarse de la Luz; nos convertimos, en intercesores por ellos.

Podemos acercarnos a Dios y rogar: «Señor, él no está escuchando, el acusador lo tiene cegado; por favor, envía tu Espíritu Santo a convencerlo y a restaurarlo». Este amor intercesor no nace de nuestra propia bondad o inteligencia. Surge porque el Espíritu Santo cohabita en nosotros y porque «nosotros le amamos a Él porque Él nos amó primero». No juzgues al hermano caído; en lugar de eso, rodéalo en oración confiando en que el perfecto amor de Dios echa fuera su temor y puede traerlo de regreso a casa.

Fuente y Estudio: Esta es una porción del estudio completo. Puedes ver la enseñanza original de 1 hora aquí: https://youtu.be/HchJaH3gqNQ